Estanislao Zuleta Medellín, 3 de febrero 1935 - Cali, 17 de Febrero 1990

El marxismo, la educación y la universidad

Estanislao Zuleta

La relación entre las luchas revolucionarias y la crítica marxista de la sociedad es supremamente compleja y alrededor de ella se ha presentado, desde el comienzo del movimiento obrero de orientación marxista, un gran número de desavenencias, problemas, confrontaciones y posiciones, que siguen existiendo en nuestro tiempo. El marxismo lleva a cabo una crítica muy radical del orden capitalista que se refiere, no a una forma determinada de propiedad, sino a la propiedad como tal, definida por supuesto, en términos marxistas, como diferentes formas históricas de derecho al plustrabajo. De la misma manera lleva a cabo una crítica del Estado, de la división de la sociedad en clases y de las diferentes formas de la división social del trabajo que se fundan en la explotación. La característica de esta crítica consiste en que apunta a disolver todas las formas que se presentan a la conciencia cotidiana bajo la figura de una objetividad natural y transhistórica, y a mostrar su dependencia de condiciones históricas.

Es evidente que las luchas concretas del proletariado y de otros sectores revolucionarios, no pueden plantearse como metas la disolución de las formas históricas que la teoría marxista critica sino como una meta a largo plazo. En las luchas actuales los marxistas se encuentran siempre frente a combates intermedios, en los cuales es necesario defender instituciones, formas de vida, posibilidades, sobre las que no se hacen tampoco ilusiones porque saben que combatirán en un período posterior. Muy frecuentemente la historia ha obligado a las organizaciones marxistas a luchar por algunos objetivos comunes al lado de clases y grupos sociales que no son revolucionarios. Tal es el caso, por ejemplo, cuando se ven obligados a elegir entre términos que no aceptan completamente, pero que tampoco pueden considerar equivalentes, como democracia burguesa y fascismo. Allí donde sus compañeros de lucha ven entonces la meta final del combate, los marxistas ven sólo un momento, que es importante sobre todo porque facilitará el desarrollo de nuevos combates más profundos.

Esa situación conduce muchas veces a considerar que resulta inoportuno, o prematuro, desde el punto de vista del combate actual, la crítica de aquellas formas que todavía no pueden ser puestas en cuestión prácticamente, y cuya abolición no es por ahora el objetivo de la lucha. Se trata de un fenómeno estrictamente objetivo, no propiamente de un problema subjetivo o de un error particular de un grupo determinado. La actitud ante esta situación es muy variable, pero se trata de un hecho con el cual objetivamente nos encontramos. Ningún marxista, por ejemplo, plantearía una lucha por la abolición inmediata del Estado, puesto que a eso lo llamaríamos directamente anarquismo; o una lucha por la abolición de una forma profundamente criticada por Marx por sus consecuencias y 1 Conferencia dictada en la Universidad del Valle en 1975. Circuló profusamente en mimeo con el nombre “El Marxismo y la Universidad” (N. del E.). sus efectos sociales y humanos, como es la forma dinero (o más generalmente de la forma mercancía), cuya abolición, sin embargo, en la práctica, sólo puede ser resultado de un largo proceso histórico.

Sin embargo, del hecho de que un cambio determinado no resulte ser en la práctica una meta actual de un movimiento revolucionario en un país capitalista no se deduce que la crítica se constituya entonces en un fenómeno anacrónico, una actividad teórica prematura, ya que deberíamos dedicarnos sólo a la crítica de lo que aquí y ahora podemos efectivamente combatir y cuya abolición no es aquí y ahora una utopía. Con ese criterio, naturalmente, no se habría llegado a cabo nunca la crítica teórica en la que se basa el pensamiento de Marx. Muchos marxistas han mostrado que ciertas exigencias de llevar a la práctica la actualización inmediata de una crítica teórica son en el fondo exigencias abstractas. La historia del movimiento socialista, tal como se ha desarrollado desde la Revolución de Octubre hasta nuestros días, plantea una serie de problemas y de dificultades que han tenido efectos —a mi juicio— importantes sobre el desarrollo del pensamiento marxista como tal, de la teoría y de la crítica misma. Es muy conocido un debate sobre los sindicatos entre Lenin y Trotsky en la Unión Soviética, en el cual Lenin sostenía la necesidad de mantener la organización sindical por un largo período histórico a pesar del carácter proletario del Estado, aun cuando teóricamente la lucha del sindicalismo contra la explotación directa de una clase capitalista no parecía justificarse ya. En la práctica los sindicatos continuarían teniendo funciones de defensa de intereses específicos de los trabajadores directos durante todo el período histórico en que la división del trabajo capitalista continuara vigente en la sociedad, es decir, durante un tiempo muy largo. Este problema, que se puede ver con mayor claridad en algunos campos de la lucha, se extiende, sin embargo, a todas las formas de la práctica revolucionaria .

Además es fundamental tenerlo en cuenta cuando se formula la exigencia del estudio y de la crítica teórica de la sociedad capitalista y de las sociedades de transición hacia el socialismo. Voy a tomar un ejemplo que puede introducimos en seguida en el problema de la crítica de la educación y de la institución universitaria. LA DIVISION CAPITALISTA DEL TRABAJO El estudio de la técnica ha sido desarrollado con mucho detenimiento por Marx especialmente en El Capital. A propósito de este problema se han planteado equívocos tradicionales en el movimiento socialista y en la interpretación del marxismo, que proceden de las oscilaciones y las dificultades teóricas que se encuentran en los textos del mismo Marx y no sólo en tal o cual de sus intérpretes. Se ha difundido, durante un largo período histórico, un error que se encuentra expuesto directamente por Marx en el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política. Se trata de la afirmación de que las fuerzas productivas son determinantes en el proceso histórico.

Se dice allí en ese Prólogo —tan famoso como desgraciado_ que el desarrollo de las fuerzas productivas, en un período determinado, entra en contradicción con las relaciones sociales de producción y se abre entonces un período revolucionario. Otras afirmaciones, que aparecen también allí, parecen apoyar esa misma línea de pensamiento. Por ejemplo, la idea de que una forma de sociedad solo sucumbe históricamente cuando ha agotado todas sus posibilidades, parece indicar —o por lo menos ha sido una interpretación clásica— que es prematura la lucha contra una forma determinada de sociedad —por ejemplo capitalista— que no haya agotado aún todas sus posibilidades. Pero hay algo más grave todavía. Marx parece sugerir que las fuerzas productivas constituyen por sí mismas una variable independiente, es decir, que su desarrollo es el resultado de un progreso acumulativo de conocimientos humanos aplicados a la producción, independientemente de las relaciones sociales de producción en las que se vive.

De esta manera un determinado incremento cuantitativo de las fuerzas productivas entra en contradicción. y hace explotar las relaciones sociales de producción en que se venían desarrollando, que serían demasiado estrechas para contenerlas. Esta versión ha sido extraordinariamente difundida y ha tenido tantas consecuencias políticas y sociales que no vale la pena insistir sobre ellas. Es un error muy notable y muy curioso. Como en tantos otros casos, Marx mismo nos da todas las claves. Existen sobre este caso particular, análisis suyos muy detenidos que nos permiten dar cuenta críticamente de este error y escoger con claridad entre dos alternativas: o uno se queda con todos los análisis de El Capital desde Cooperación (Capítulo XI), División del trabajo y manufactura (Capítulo XII) hasta Maquinaria y gran industria (Capítulo XIII) en el primer tomo o se queda con esas cuantas frases del Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, porque con las dos cosas no se puede quedar porque no son compatibles.

En El Capital Marx expone, por el contrario, que son las relaciones sociales de producción las que determinan el ritmo y la forma del desarrollo de las fuerzas productivas. El ejemplo que toma es muy claro. Fue el capitalismo, como relaciones sociales de producción, lo que desató la revolución industrial, y no a la inversa, la revolución industrial la que produjo el capitalismo. Observa incluso que la máquina a vapor fue inventada realmente un siglo antes de que fuera efectivamente utilizada en la industria. Más aún, sabemos precisamente, por los análisis de El Capital, que existen formas históricas de relaciones sociales de producción que tienden a excluir un revolución técnica, una revolución en las fuerzas productivas. Tal es el caso, para tomar un ejemplo de Marx, de las relaciones de producción esclavistas. Los griegos tuvieron toda clase de condiciones abstractas para producir una revolución técnica, es decir, contaron con una gran revolución científica: la geometría, las matemáticas y muchas otras cosas (la teoría de las palancas, por ejemplo).

Contaban con un desarrollo notable de la navegación y de la metalurgia. Desarrollaron hasta cierto punto otras ciencias como la astronomía y la llevaron a un desarrollo tan alto y tan profundo que no fue superado hasta el sigo XVII, muchos siglos después de la caída de la civilización griega. Sin embargo, los griegos no hicieron una revolución indust rial, ni una revolución técnica, porque las relaciones sociales de producción esclavista la excluyen por diferentes razones. En primer lugar, porque en esas relaciones de producción el trabajo productivo está separado radicalmente del trabajo intelectual, en personas diferentes, en clases diferentes. En segundo lugar, porque el trabajo productivo es un trabajo directamente coactivo, es decir, militarmente impuesto. Ni siquiera requiere de la interiorización de la dominación, puesto que la dominación es una coacción violenta. Por el contrario, los Estados esclavistas antiguos se daban el lujo de permitir muchas más libertades ideológicas que, por ejemplo, los estados feudales En el mismo sentido observa Marx que en el sur de los Estados Unidos, mientras se mantuvieron las relaciones esclavistas de producción, los arados nuevos que se empleaban en el norte —incluso caballos— no podían ser empleados en el sur, porque eran destruidos por la fuerza de trabajo esclava. En diversas partes de El Capital, como por ejemplo en el estudio sobre la reproducción ampliada del tercer tomo, o en los capítulos ya señalados del primer tomo sobre la plusvalía relativa, Marx indica que las relaciones sociales de producción capitalistas promuevan una especie de revolución permanente en las formas de lo que él llama el proceso de trabajo.

Es importante observar que la técnica no es una variable independiente aplicable aquí para el bien del hombre, allí para su explotación, pero ella misma neutral, ajena a las relaciones de producción dentro de las cuales está inscrita. Más aún, el problema más importante a que me quiero referir no es solamente en qué medida unas determinadas relaciones de producción frenan o promueven, impulsan o impiden el desarrollo de las fuerzas productivas. Quiero insistir es en que la forma misma de las fuerzas productivas está determinada por el tipo de relaciones de producción dentro del cual se producen. Marx ha estudiado en este sentido la técnica capitalista con un detenimiento y una profundidad muy notables. Y no se piense, como creen algunos, que se refería a condiciones de producción muy primitivas con respecto a las actuales, o a las formas de explotación propias de mediados del siglo XIX, que el desarrollo mismo del capitalismo ha dejado de lado.

En realidad, se refiere a las formas de la técnica en el capitalismo, y a su contribución al desarrollo de la productividad del trabajo, en una amplia perspectiva histórica. Por ejemplo, en los Fundamentos de la crítica de la economía política, llega incluso a imaginar que la sociedad capitalista puede llegar a convertir el trabajo humano básicamente en vigilancia de máquinas que funcionan por automatización. Y no por eso, comenta Marx, las contradicciones propias de la sociedad capitalista quedarían superadas. No hay que creer pues que la crítica de Marx se refiere a formas muy primitivas de uso de máquinas superadas por la técnica. Él se refiere a la forma de la técnica, a las tendencias fundamentales de la técnica capitalista. ¿Cuáles son esas tendencias? En primer lugar, es propio de la sociedad capitalista un movimiento histórico que Marx designa como la pérdida de la inteligencia del proceso productivo por los trabajadores directos.

A medida que la sociedad capitalista se desarrolla, los trabajadores directos no sólo pierden la dirección del proceso productivo —lo cual les ocurre desde el comienzo y antes de que la técnica propiamente capitalista se desarrolle — sino que pierden, finalmente también, la inteligencia del proceso productivo. El trabajador artesanal entiende el proceso productivo de su trabajo, sabe cómo se hace un zapato, un violín o un piano o lo que sea, independientemente de que se trate de un trabajo muy calificado (semiartístico) o de un trabajo poco calificado. Por el contrario, el trabajador en la gran industria capitalista pierde la inteligencia del proceso productivo; conoce la tarea que se le asigna en una determinada división interna de las tareas, por ejemplo, en una fábrica de automóviles, pero no sabe cómo se hace un automóvil, ni siquiera cómo se vincula su propia tarea a las otras. El proceso capitalista de producción inicia desde temprano y lo acentúa cada vez más, una forma propia del capitalismo de división del trabajo entre el trabajo que proyecta, el trabajo que entiende y que piensa, y el trabajo que ejecuta y no conoce la razón de lo que está haciendo.

Es una división del trabajo que no es una necesidad objetiva del desarrollo de la técnica en sí, sino una manera como la relación de dominación entre el capital y el trabajo se expresa en la forma de las fuerzas productivas. En síntesis, así como hay una división en la sociedad capitalista (y también en la esclavista) entre el trabajo que manda y el trabajo que ejecuta, asimismo hay una división entre el trabajo que proyecta, que piensa y el trabajo que ejecuta. Esta es una de las más importantes características de las relaciones sociales de producción capitalista: una división social del trabajo que está inscrita en la forma misma de la técnica. Las sociedades que han intentado, o que están intentando, la transición al socialismo, han heredado la técnica capitalista puesto que durante un largo período no pueden producir por sí mismas o inventar otra técnica adecuada a una sociedad en la que los trabajadores directos puedan pensar y decidir.

Pero desgraciadamente hay que saber también que al heredar esa forma de las fuerzas productivas también heredan ese tipo de relaciones capitalistas de producción. No hay que creer —como fue una tendencia en cierto período histórico— que lo que designamos con el término “relaciones de producción” son las formas jurídicas de propiedad como dicen algunos textos sobre todo soviéticos. En realidad esa es una concepción muy alegre de las cosas que da la impresión inmediata de que se podrían abolir las relaciones sociales de producción por un decreto, puesto que un decreto sí podría cambiar unas formas de propiedad que, según Marx en el Prólogo mencionado, no serían más que una cierta expresión jurídica de las relaciones sociales de producción. Nosotros no podemos heredar nuestros conceptos del derecho. Lo que nosotros llamamos propiedad, como dije antes, es el derecho al plustrabajo, y no como dicen los juristas, el derecho al uso y al abuso de la cosa.

La propiedad es una relación entre clases en la cual, gracias al monopolio de los medios de producción o a la dominación directa, militar o ideológica, unas clases acceden al plustrabajo de otras. No se trata de una relación entre los hombres y las cosas como aparece en todos los códigos jurídicos de la burguesía. Por eso no se pueden abolir por decreto. Se puede, sin embargo, tomar conciencia de este problema e iniciar una larga lucha en ese sentido. La Unión Soviética, para tomar un ejemplo, se vio obligada después de 1917 a importar directamente las formas propias del capitalismo como fuerzas productivas. No digo que haya sido un error. Digo que se vio obligada. Tomaban, e incluso copiaban, los procedimientos de la Ford. Enviaban obreros que pretendían haber escogido la libertad, pero que lo que hacían era tomar diseños para implantarlos allá.

No creo que hubieran tenido otra opción. Si hubo error fue el no haber tenido en cuenta la gravedad y los peligros a que eso conducía. Llegaron incluso a hacer elogios del taylorismo, que es una de las formas en las que el trabajo de los sectores directos queda más descalificado y más parcializado y es más impotente para comprender, diseñar y dirigir el proceso productivo. Hacer de la necesidad virtud, tomar una dolorosa necesidad histórica como un gran modelo que debe seguirse en cualquier caso, sí es un error. Los marxistas, por ejemplo Lenin, sabían desde el comienzo, que después de la abolición de la forma burguesa de la propiedad privada, continuaría una larga lucha de clases en la sociedad que se prolongaría por todo un período histórico. Sin embargo, no siempre se interpretó de la misma manera esa lucha de clases. En el período que solemos designar, por comodidad, con el nombre de Stalin y sus sucesores, esa lucha de clases se concibió fundamentalmente como una lucha contra los enemigos internos —adversarios del socialismo (o traidores)— los enemigos externos y los rezagos del pasado. Pero nunca se entendió que era necesaria una lucha, no sólo contra los rezagos del pasado, los traidores y los enemigos externos, sino contra las tendencias propias al desarrollo de las fuerzas productivas que tienden a reproducir relaciones capitalistas de producción, con sus consecuencias ideológicas, políticas y económicas. A veces se ha creado el equívoco de que los chinos —bastante más conscientes de este punto que los soviéticos— han asumido las fórmulas de Stalin sobre la necesidad de continuar la lucha de clases y afirmar la dictadura del proletariado en el proceso de desarrollo de la formación del socialismo.

Este es un parecido que se reduce a las frases, no a los hechos. Los chinos no han entendido de la misma manera la necesidad de continuar la lucha de clases durante la revolución, después de la toma del poder; por el contrario han comprendido —sobre todo en el último período— la necesidad de la lucha de clases contra las tendencias objetivas a la reproducción de una división capitalista del trabajo en la sociedad y contra sus consecuencias. En este sentido, desgraciadamente, ha habido muy pocos textos claros, pero por fortuna comienzan a ser publicados los inéditos de Mao Tse Tung, que ya no dejan duda a ese respecto.

Me refiero especialmente a un estudio suyo que constituye una crítica detenida y supremamente dura del trabajo de Stalin Problemas económicos del socialismo en la U.R.S.S., y otro ensayo sobre el Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. en la edición de 1960. En estos trabajos de Mao Tse Tung su fama de estaliniano queda finalmente liquidada 2. EDUCACION Y DIVISION CAPITALISTA DEL TRABAJO Las formas de la división capitalista del trabajo son decisivas para la organización de la educación en todos sus niveles tanto universitarios como preuniversitarios. Y así como comenzamos por tomar un ejemplo que Marx desarrolló ampliamente, para podernos apoyar mejor en sus textos, podemos abordar otro ejemplo, que Marx no desarrolló, pero que es de gran importancia para nosotros si queremos plantearnos la cuestión del marxismo y su relación con la educación y la universidad como institución. Me refiero al problema del nexo entre la ciencia y las relaciones de producción capitalistas. Observemos para comenzar que la ciencia, como la técnica, tampoco planea como una variable independiente por encima de las clases, de la lucha de clases y de las relaciones sociales de producción.

Una conocida y desgraciada interpretación relacionaba las clases con la ciencia, pero de una manera expresiva y directa y no en términos de los efectos de conjunto de las relaciones de producción sobre la ciencia. Se trataba de la famosa teoría —hoy por fortuna caída en desgracia, según parece en todo el mundo— de la ciencia proletaria y la ciencia burguesa. Esta teoría es errada, no porque relacione la ciencia con la vida de las clases, lo cual me parece acertado como podemos indicar en seguida, sino por la forma expresiva que concibe la ciencia como expresión directa de los intereses de las clases. Es muy fácil criticar esta teoría. Muchos no solamente la han refutado sino que con bastante facilidad se han burlado de esa formulación.

Es claro que unas determinadas condiciones sociales —relaciones de producción y fuerzas productivas— son esenciales para el desarrollo de la ciencia. Pero eso no significa que la ciencia sea una expresión inmediata, por ejemplo, de los intereses de las clases que dominan en esa sociedad. A nadie se le ocurre pensar hoy que la geometría de Euclides sea una expresión de los intereses de los señores esclavistas griegos. Nadie podría sostener que quien piense que los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos, tiene entonces una mentalidad esclavista. Es, por supuesto, extraordinariamente burdo vincular de esa manera las relaciones de producción con la historia de la ciencia. 2 Estos ensayos fueron publicados en Colombia por primera vez en traducción del francés como La Construcción del socialismo, Editorial Oveja Negra, Medellín, 1975. (N. del E.). De la ciencia cabe decir algo similar a lo que hemos dicho de la técnica. Las relaciones de producción capitalistas, así como las relaciones de producción esclavistas o feudales, determinan en qué grado se impulsa o se detiene la producción de conocimientos científicos.

El período medieval, por ejemplo, fue relativamente muy pobre en la producción de conocimientos científicos, tanto así que en 1614 ciertos manuscritos griegos desconocidos eran todavía aportes en matemáticas, después de casi 2.000 años. La astronomía fue sencillamente reprimida en todos los sentidos del término (policivo, religioso o freudiano). Entre Aristóteles, que inició la anatomía, y aquellos que la reiniciaron en el renacimiento italiano —por ejemplo Leonardo— hay un paréntesis bastante largo. Por todo esto no podemos afirmar que la ciencia se desarrolla de forma independiente, de manera transhistórica, en cualquier tipo de sociedad, y bajo cualquier tipo de relaciones sociales de producción como una especie de encuentro feliz de las casualidades y de los genios que van produciendo y acumulando descubrimientos.

Hay tipos de sociedad que son represores del desarrollo científico, así como hay otros tipos que no pueden permitirse el lujo de reprimir el desarrollo de la ciencia en general. La sociedad capitalista, por ejemplo, y esta es precisamente una de sus contradicciones —no quiere decir que sea la principal ni la única naturalmente— necesita una revolución permanente de la técnica o, en otras palabras, un incremento permanente de la productividad del trabajo o, en términos más ortodoxamente marxistas, un incremento permanente del tiempo de trabajo excedente por medio de la disminución del tiempo de trabajo necesario. Y ese proceso no se puede llevar a cabo sin una aplicación continua de los conocimientos al proceso productivo. El capitalismo, como tantas otras sociedades anteriores fundadas en la explotación del hombre por el hombre, si bien requiere de la dominación ideológica, no puede sencillamente prohibir la ciencia, quemar los químicos en las hogueras o intimidar a científicos como Galileo mostrándole los instrumentos de tortura del Vaticano (a los cuales él había hecho algunos aportes técnicos).

El capitalismo, ciertamente, dirige e impulsa el desarrollo de los conocimientos en el sentido de los intereses del capital, principalmente. Algunos investigadores de la ciencia moderna han mostrado cuán monstruosamente diferentes son las inversiones que se llevan a cabo en investigaciones biológicas y médicas, por ejemplo, y las que se llevan a cabo en investigaciones aplicables al desarrollo industrial y militar, en la física, la química, la electrónica y la cibernética. La ciencia no se desarrolla de acuerdo a sus efectos útiles generales para la humanidad, sino a sus efectos particulares para la acumulación del capital, evidentemente. Y aunque las ciencias y las técnicas, en general, se desarrollan a un ritmo muy rápido con relación a otras sociedades, sin embargo ese ritmo es muy variable de acuerdo con la rentabilidad que encuentra el capital en uno u otro sector. En el campo médico, por ejemplo, ese ritmo es muy lento, si se compara con la aplicación de la ciencia en los transpor tes. Hoy en día a un enfermo de los pulmones le pueden hacer exámenes de rayos X, fluoroscopia y broncoscopia, que ya se hacían en 1925, hace 50 años.

En cambio, nadie se sentiría cómodamente sentado en un avión de hace 50 años. No digo que no se haya desarrollado la medicina. Comparada con el estancamiento medieval, se ha desarrollado de una manera vertiginosa, pero comparada con el desarrollo de otras ramas es innegable la diferencia. Todo depende de donde resulte más rentable el capital. Al lado del problema, de la manera y de la medida como la producción de los conocimientos y la orientación de esa producción dependen de las relaciones sociales de producción, existen otros dos problemas que resultan decisivos para nosotros si queremos pensar la educación y la universidad moderna. Me refiero ya no a la producción de conocimientos, sino a la transmisión de los conocimientos producidos —la forma misma de transmisión y su alcance— y a su neutralización y sectorialización, de tal manera que puedan ser empleados sin que resulten perjudiciales para la ideología dominante.

Esos dos puntos son, efectivamente, decisivos. Se busca básicamente transmitir unos resultados de tal manera que no resulten amenazadores para la ideología dominante, es decir, que lo que la ciencia tiene de crítica a la ideología quede borrado, reducido al mínimo. Se intenta enseñar lo que se conoce en un reducido sector de la existencia, sobre un objeto perfectamente delimitado y clasificado. De esta manera se quita a la ciencia, por medio de la exposición positivista y de una teoría de la información, todo lo que tiene de crítica. La ciencia se convierte así en informes de resultados, en la medida en que resulten necesarios para ser aplicables. ¿Qué cantidad de prejuicios ideológicos impedían el acceso a una determinada esfera del saber? Eso se puede dejar de lado. Hay que atenerse solamente a los resultados de un saber determinado.

De esta manera la educación tiende a transmitir resultados ya adquiridos, y a enseñar un saber, sin enseñar a pensar. Saber una cosa, conocer un resultado determinado, y pensarla en sus condiciones de existencia, son dos fenómenos muy diferentes. Uno puede saber geometría, en el sentido de que conoce determinados teoremas y maneja unas formas de demost ración. Pero al mismo tiempo puede ignorar por completo que es la geometría como forma de pensamiento, es decir, su relación con la lógica, sus implicaciones, etc. Ese es otro problema. Lo uno se puede aprender sin lo otro, sin ninguna crítica, sin condiciones teóricas, como un resultado abstracto. La neutralización, es decir, el hecho de que el efecto revolucionario que tiene un determinado saber o conocimiento nuevo, resulte anulado por una forma especial de la división del trabajo intelectual o por una simple desvirtuación completa de ese conocimiento, para ser recuperado por la ideología dominante, es un procedimiento que debería ocupar para nosotros mucho tiempo de investigación.

Hay sectores que los marxistas conocen directamente, en los que ese fenómeno es muy álgido. Por ejemplo, los descubrimientos que permiten estudiar la conducta humana desde un punto de vista científico, en la sociología, en la historia, en la psicología, etc., chocan con nociones esenciales de la ideología dominante y tienden a ser, por lo tanto, neutralizados. La ideología dominante requiere, para citar un caso, de una serie de ideas que ha heredado de la religión y que no puede dejar de lado. El derecho penal, por ejemplo no puede, sencillamente, abandonar la noción de culpa. Es curioso incluso ver a veces la manera como algunos juristas de izquierda se dedican a estudiar la culpa y a diferenciarla del dolo: la primera es una conducta que transgrede una ley o produce algún efecto dañino habiendo podido ser prevista, y la otra es voluntariamente decidida. Estas definiciones se parecen de una manera curiosa a la diferenciación que traía el antiguo catecismo del padre Astete, entre el pecado mortal y el venial. El derecho no puede dejar de lado la noción de culpa porque es el fundamento de la de castigo o de pena. A veces el derecho se trata de “civilizar”, por decirlo así, y trata de justificar la pena como “la protección de la sociedad contra conductas o personas que resulten tener peligrosidad social”.

El problema es que la “peligrosidad social”, en una sociedad de clases, es una noción que no se puede científicamente determinar, puesto que nadie sabe si es más peligroso — como decía Brecht— atracar un banco o fundarlo, si poner en engorde terrenos urbanos o hacer un atraco, puesto que eso va a encarecer la vivienda, a incrementar el desempleo y a producir inseguridad. El capital posee la más alta peligrosidad social. Por lo tanto, tomar como criterio jurídico, en una sociedad capitalista, la “peligrosidad social”, es una ingenuidad, cuando no es un cinismo, porque puede ser una de las dos cosas. Los marxistas saben que Marx nunca se hizo ilusiones sobre el derecho, ni siquiera en las sociedades en las cuales el proletariado ya hubiera tomado el poder, como lo muestra en la Crítica del Programa de Ghota.

En el derecho es necesario neutralizar todas las ciencias que buscan que la conducta humana pueda ser explicada, puesto que de lo que se trata es de condenarla, de reprimirla, de evitarla y no de explicarla; no se trata de erradicar las causas del robo, sino de castigar el robo. Por eso es necesario proclamar la libertad de la conducta. Pero hay que tener mucho cuidado con la idea de libertad, de libre albedrío, con la idea de una voluntad no determinada por situaciones ni por causas, sino que es causa- sui, puesto que detrás de esa libertad hay siempre algún un culpable, y un verdugo y alguna pena que le están preparando —a veces eterna, a veces temporal—; primero le conceden la libertad y luego le presentan sus consecuencias 3. La tendencia a la neutralización ocurre con muchas otras disciplinas. También en otros sectores tendríamos que estudiar la manera como se producen y se transmiten los conocimientos bajo las condiciones de las relaciones sociales de producción capitalista. ¿Cómo hacer, por ejemplo, para formar un médico que funcione en las condiciones capitalistas de producción, es decir, que se inscriba en una división capitalista del trabajo, por sectores? La enfermería por ejemplo, es un sector en el que 3 Ver NIETZSCHE, Friedrich, Los cuatro grandes errores, en Crepúsculo de los Ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 1975 págs. 61- 70, en particular el numeral 7: “Error de la voluntad libre”. (N. del E.). se llega hasta cierto punto del aprendizaje y allí se detiene; en la medicina se va más allá. Los chinos cuentan que cuando entraban a un hospital durante la revolución cultural, encontraban que dicho hospital estaba “burguesamente delimitado” —aunque naturalmente era del Estado— porque allí el personal estaba dividido en médicos y enfermeras, es decir, los que se supone que saben y las que nunca sabrán.

Al médico es necesario entrenarlo para que trabaje de acuerdo con una determinada “clientela”, puesto que los médicos no están destinados a la atención de las enfermedades sino a la atención de un cliente. Es la oferta para una demanda. Hay un sector de la población, que a pesar de estar sana porque está bien alimentada, demanda muchos médicos, y otro que tiene altos índices de enfermedad pero que no demanda atención médica. Por eso hay mucho más médicos en el Chicó que en el Chocó. Es difícil formar a una persona que sepa comprender y enfrentar las consecuencias sociales de la vida capitalista; que entienda claramente que la mortalidad infantil no la produce, simplemente la gastroenteritis, sino principalmente la miseria que pone en contacto con esa bacteria y no permite su tratamiento.

Para tratar la bacteria sin enfrentar la causa de la enfermedad, que no es otra cosa que los efectos patógenos del capitalismo, es necesario producir una persona que sepa y no piense, que aprenda a reducir su enfoque, que acepte humanamente que su trabajo, después de tantos años de aprendizaje, no tiene como su meta principal un efecto social útil allí donde es más necesario, sino una demanda económica. Es más importante atender a una señora rica que tiene “cierta sensación”, que a muchos mineros tuberculosos. Para formar una persona que no valore mucho su saber, sino los efectos económicos que de él puede derivar, es necesario crear una institución especializada. Habíamos dicho que el capitalismo, en el proceso de su desarrollo, había quitado al trabajo la inteligencia y la dirección del proceso productivo. ¿Eso quiere decir que se lo retiró a los productores directos para dárselo a los científicos o a los técnicos? No. La dirección no la tiene la ciencia ni la técnica sino los intereses del capital, que son los que a su vez determinan la actividad del científico. Un técnico no puede darse el lujo de hacer una bombilla que no se funda nunca —la Phillips por ejemplo la hizo— porque el capital estaría dispuesto a pagar un alto precio para que se investigue la posibilidad de reducir la vida útil de la bombilla a la décima parte. Grandes teóricos de la metalurgia norteamericana se dedican al trabajo de saber cómo producir un automóvil, muy bueno, pero que después de cierto número de kilómetros se desbarate.

El capital tiene entre sus funciones de dominación el diseño y la orientación del trabajo, no la técnica ni la ciencia. Formularlo de otra manera sería una ingenuidad. Para producir este tipo de resultado hay que organizar la enseñanza de cierta manera. Hay que proteger cada saber para que no se contamine, para que se pueda pensar y producir en un sector limitado, sin ser capaz de poner en cuestión el significado de su trabajo en el conjunto. El capitalismo se caracteriza por la contradicción monstruosa —que tampoco es la única— de llevar la racionalidad en el detalle al máximo, mientras mantiene la irracionalidad más terrible en el conjunto. Producir una aguja con el mínimo de costo, en el mínimo de tiempo y con el mínimo de movimiento, aunque en general se desperdicie la tierra y el trabajo humano, y lo que es peor, las posibilidades humanas. En cada carrera y en cada facultad, hay que formular la pregunta sobre los efectos que las relaciones capitalistas de producción tienen sobre el tipo de conocimientos que allí se transmiten, sobre la forma como se transmiten y sobre la manera como se limitan y se neutralizan en sus efectos revolucionarios.

Los marxistas no tienden a formular esta clase de lucha porque naturalmente hay otras luchas válidas que son más inmediatas, ciertamente. Pero si tenemos una perspectiva de transformación social a largo plazo, y nos proponemos luchar contra la dominación ideológica en todos sus aspectos, no debemos dejar a ninguna ciencia tranquila. Debemos preguntarle a cada una por sus efectos sociales, sus modos de producción, sus modos de neutralización, su forma de transmisión. Debemos reconocer que estamos situados en una ámbito donde se ha separado el trabajo productivo de la adquisición de conocimientos.

Nuestra crítica puede colaborar para que las luchas actuales sean más eficaces y más profundas, cualesquiera que ellas sean. Puede parecer utópico pedir que el trabajador directo controle, dirija y oriente el proceso productivo, exigir que los trabajadores y no el capital quienes decidan lo que se va a hacer. Todavía no se puede llegar hasta allá, pero es necesario que se sepa que, aunque por ahora se luche por un salario, por la estabilidad en el empleo, por condiciones de organización política que no sean una amenaza de desempleo y hambre y por otras muchas situaciones intermedias, algún día la lucha tiene que llegar a formularse esas metas. No es lo mismo ganar tiempo para estudiar más y para participar más en la lucha por una sociedad mejor, que ganar tiempo para beber más y para ver más televisión. La reivindicación es la misma, pero el enfoque cambia su sentido.

En la Universidad es necesario una orientación revolucionaria a fondo que ponga en cuestión la forma de producción, de transmisión y de neutralización de conocimientos. No se trata de abandonar por ello todas las luchas actuales, sino de darles un alcance y una dirección que apunten a metas a largo plazo. No existe pues una contradicción entre un enfoque marxista crítico de la educación y de la universidad y una lucha universitaria actual y concreta con metas limitadas. Esa es una contradicción abstracta. O todo o nada. Es evidente que tendremos que seguir investigando cómo las relaciones de producción capitalista se imprimen en la formas de la educación, de la producción, transmisión y neutralización de conocimientos, aunque no podamos emprender por ahora la lucha por cambiar todo eso, puesto que hay momentos intermedios antes de poder alcanzar esa meta. Pero es terrible olvidarla porque es considerar que las formas actuales de división del trabajo y de transmisión del conocimiento son naturales, transhistóricas, objetivas y no están determinadas por la sociedad capitalista. Ese era, en pocas palabras, el problema que quería plantearles sobre las relaciones entre el marxismo, la educación y la universidad.

Fuente: http://catedraestanislao.univalle.edu.co/   

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